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Matar a un ruiseñor - Formarse Tocó primeramente una de mis gavotas preferidas, una de esas leras y graciosas melodías que parecen impregnadas de un perfume de lavanda ambarina y que recuerdan a Lulli, A Watteau y a esas bellas marquesas empolvadas, cubiertas de satén, que nerviosamente juegan con su abanico. Hubo luego una serie de cantos, creo.–¿Y él ya no actuó más? Volvió a mitad del concierto, y mientras saludaba antes de sentarse, sus ojos parecían buscar a alguien por entre las jardineras, fue entonces cuando nuestras miradas se encontraron por primera vez.–¿Qué tipo de hombre era? Libro, yo le pregunté al vecino dónde estaba su padre. –No nos dices nada de él. Tenía el aspecto y el perfume de una gota de menta. Se alojaba al otro lado.

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